La historia del whisky no se escribe con tinta, sino con fuego, agua y tiempo. Es un relato de monjes y alquimistas, de rebeldes que destilaban a la luz de la luna y de maestros que han perfeccionado su arte a lo largo de siglos. Su nombre original en gaélico, «Uisge Beatha», no significa otra cosa que «Agua de la Vida», y no hay mejor definición para el destilado más complejo y reverenciado del mundo.
Aunque irlandeses y escoceses reclaman su paternidad, la verdad es que ambos fueron pioneros. Los monjes misioneros irlandeses del siglo V, influenciados por las técnicas de destilación de Oriente Medio, fueron los primeros en transformar un simple mosto de grano en un elixir que, creían, calentaba el alma y curaba el cuerpo. No es de extrañar que la destilería con licencia más antigua del mundo, Old Bushmills, se fundara en Irlanda en 1608, un hito que sigue destilando historia hasta hoy.
Del otro lado del mar, en Escocia, la historia escrita del whisky nace oficialmente en 1494. Un registro contable, un simple apunte en los «Exchequer Rolls», documenta la entrega de «ocho boles de malta a Fray John Cor por orden del rey para hacer aqua vitae». Con esa simple línea, el monje John Cor se convirtió, sin saberlo, en el primer maestro destilador documentado de Escocia, sentando las bases de una industria que se convertiría en el orgullo de una nación.
Lo que comenzó como una «agua de vida» rústica y medicinal, se convirtió en un arte. Una puja amigable entre dos naciones hermanas que, a lo largo de generaciones, han enriquecido y perfeccionado este legendario licor.
Hoy, el whisky es un lenguaje universal. Es el brindis que sella un acuerdo, el trago que acompaña una buena conversación, el regalo que dice «esto es importante». En Whisky Custom, honramos esa historia no solo contándola, sino continuando con el legado de la artesanía, llevando cada botella a su máximo potencial artístico.
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